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Apenas faltan 200 metros para llegar, dos gotas de sudor caen al suelo desde mi frente, pero el camino ha merecido la pena, tras subir una pequeña escalinata de apenas 15 escalones ya estoy arriba. Al fondo, la Alhambra se divisa majestuosa y bucólica. Más de un centenar de turistas hacen cola y se empujan entre si para encontrar un sitio privilegiado donde fotografiarse. Yo, en cambio, me coloco frente al monumento, le doy la espalda y congelo con mi compacta lo que allí veo. Es el ContraViaje, una de las múltiples formas de turismo experimental que existen.

 

El concepto fue genialmente desarrollado por Joël Henry, escritor y periodista francés fundador en 1990 de Latourex (Laboratory of Experimental Travel). Entre las diferentes variantes de este turismo experimental se encuentran la Visita alternativa donde el turista sale del hotel y gira a la derecha, continua hasta la siguiente intersección y gira a la izquierda, y así hasta que encuentre un obstáculo que le impida continuar.

 

El Erotourism donde una pareja viaja a una ciudad por separado y trata de encontrarse el uno al otro, o la Visita alfabética, donde con ayuda de un callejero se busca la primera calle que empieza por A y la ultima que empieza por Z. Con un mapa se busca las dos calles y se traza una línea entre las dos para descubrir la ciudad caminando de la calle A a la calle Z. Actividades sin duda alejadas de lo usual, donde lo que se busca verdaderamente es vivir experiencias, una palabra esta última muy utilizada por los hoteleros pero que ha perdido completamente su significado y que solo mantiene alguna sustantividad semántica por el departamento de animación de turno.

 

Porqué no vender realmente vivencias inolvidables en mi hotel, porque no alejarme del archiconocido “all inclusive” e incentivar la originalidad en la estancia de mis clientes.

 

Por ello, y por mi aversión a “encerrar al turista” en el hotel marcándolo con la típica pulsera de color, aplaudo nuevas formas de viajar y mostrar todo lo que el destino en cuestión tenga para ofrecer. Para ello, es evidente que se debe hacer un esfuerzo común, coordinado por las autoridades pertinentes para mostrar al público visitante que en el periodo de estancia se puede hacer mucho más que beber, comer y tomar el sol. No hablo de turismo activo, sino de que los hoteleros promocionen el lugar y no solo su establecimiento.

 

Al hilo de esta forma de visitar lugares no puedo sino congratularme por iniciativas como las que se han llevado a cabo por municipios como Palas de Rei en Lugo, un pequeño pueblo que tuve la oportunidad de visitar en mi periplo por el Camino de Santiago, y donde el visitante práctica el ecoagroturismo participando activamente en las tareas propias del entorno, ya sea ordeñando reses, recolectando hortalizas o confeccionando productos artesanales. Un tipo de turismo diferente que debiera contar con todo el apoyo de las instituciones públicas y con el respeto y admiración de un sector turístico que no cesa en su interminable búsqueda de nuevos nichos de mercado.

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