Lo que faltaba
20.35 de la tarde, tras terminar ese tedioso último informe que ni siquiera leerá mi supervisor pero que era extraordinariamente urgente, me dispongo a apagar mi ordenador e irme a casa de una buena vez. Son pocos los que quedan en la oficina, Sergio y Jose, charlan distendídamente al lado de la máquina del café, la mayoría, han salido cual alma que quema el diablo cuando el reloj marcaba las 20.00.

Conduzco mi flamante utilitario avenida abajo en dirección a casa, donde ansío encontrarme con mi esposa que seguro habrá tenido un día igual de “apacible” en su trabajo. A la espera de que el dichoso semáforo se ponga de una vez en verde, miro por la ventanilla la fachada de una pequeña agencia de viajes donde se publicitan maravillosas playas paradisíacas, acompañadas de modélicas parejas que sonríen a la vez que toman un cocktel al sol. Y pienso. Sí, ya me queda poco, en un par de semanas nos podremos ir de vacaciones. Este año iremos a Tenerife, unos amigos nos hablaron maravillas de esa Isla y como no estamos para mucho desembolso, los viajes exóticos los dejaremos para más adelante. El claxon del coche que me precede me advierte que el semáforo se puso en verde hace rato, me quedan unos 15 minutos para llegar a mi piso así que pongo la radio para hacer el viaje más liviano. Es entonces, cuando escucho una inesperada noticia, POSIBLE HUELGA DE CONTROLADORES !!!, y para colmo no se sabe con certeza cuando será.

Hablan de adelantos en las conversaciones, de reprochos mutuos, de exigencias de privilegios y no de derechos laborales, de salarios mínimos cuya cuantía no logro ni soñar, bla, bla, bla...y a mi no me interesa nada de eso, precisamente esta noche íbamos a reservar el vuelo y un hotelito con encanto donde Jorge, mi precioso trasto de 5 años diera rienda suelta a su creatividad. Lleva 1 mes perfeccionando en el parque de la esquina como erigir un castillo de arena envidiable.

Ahora, lo que prometía ser una semana de relax con mi familia torna a convertirse en un ida y vuelta mostrador tras mostrador, con las maletas a cuestas, reclamando no se que derechos de los que soy propietario y que no me pueden negar, pero de los que nadie sabe nada con certeza. Todo promete convertirse en una vorágine de gritos, quejas e indignación recluidos en la más que posible celda en la que se convertirá barajas para mi y otros cientos de pasajeros, realmente no me lo merezco, aunque el decírmelo a mi mismo y en voz baja me resulte incluso motivo de mofa, al fin y al cabo, a quien le importa.

De nuevo me detengo, esta vez en el semáforo que está al lado del restaurante italiano donde llevé a cenar por primera vez a mi esposa cuando aun éramos adolescentes. Ya quedan apenas 200 metros para llegar, seguro que Natalia ya ha apuntado en su cuaderno miles de ofertas de vuelos y hoteles con diferentes combinaciones de fechas, compañías de rent a car, excursiones, etc, mientras sostiene a Jorgito en su regazo que juega con el teléfono móvil de mamá. Pero a mi se me han quitado las ganas de todo, empiezo a pensar que la oficina es mejor de lo que creo, que podíamos ir al pueblo de la abuela un fin de semana -si no se ponen las gasolineras en huelga claro-, que el pasar las vacaciones en Madrid no está tan mal, y empiezo a autoconvencerme de que es lo mejor, que poner nuestras ilusiones y ese dinero que no nos sobra en riesgo, realmente no merece la pena. Pero la realidad es otra, me han fastidiado las vacaciones.

Giro la llave por segunda vez y allí me la encuentro, jugando con nuestro hijo en el sofá y con el portatil encendido sobre la mesa. Me recibe con un beso de los que solo ella sabe dar y una copa de vino en la mano. Está espléndida, incluso con mi vieja camiseta de mi banda de rock preferida y sus mallas blancas consigue trasladarme a otro mundo. Jorge me devuelve a la realidad tirándome del pantalón para que lo sostenga en brazos, me toca hacerles feliz, pero la maldita huelga, no me ha dejado.
Escrito por Germán    | Última actualización el Viernes, 06 de Agosto de 2010 11:30
 

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